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Mi banda sonora o mis discos preferidos
Entre publicaciones en la red, revistas de música, de farándula, conversaciones ñoñas de melómanos o simples aficionados, programas de tv, plagado está de ranking y discusiones sobre que artista es mejor que otro, cuales son los discos mejores de la historia, que genero está por sobre otro. Cada decisión está profundamente argumentada en supuestos y no siempre acompañada de precisión histórica. La subjetividad de decir lo que esta subvalorado o sobrevalorado es tan personal como asignar mayor ponderación a las ventas de discos, entradas vendidas a conciertos, habilidad técnica, influencia o hitos emblemáticos de una época. Podemos coincidir que artistas que cuentan con más de dos antecedentes comprobables y medibles deben estar en un gran pódium de artistas o álbumes importantes, sin embargo, aun así no podríamos medir si es más o menos que otro. Claro, el lado oscuro de la Luna, un disco considerado punto de inflexión en la carrera de Pink Floyd, que sacó a Tapestry de Carol King como el álbum más tiempo (años y años) en estar dentro de los ranking de los más vendidos merece claramente un sitial dentro de cualquier competencia melómana. Pero podrías ubicarlo más adelante o más retrasado que Sgt peper, el álbum blanco o revolver de  The Beatles que cuenta estadísticas parecidas en otros indicadores?. Y aún así muchos escuchas son capaces de considerarlos “Sobrevalorados”. Y claro, si también estamos siendo injustos con álbumes escondidos de artistas que nunca buscaron fama o tuvieron malas estrategias de difusión y que son redescubiertos años después.
Yo mismo soy el ejemplo más claro de esa subjetividad, cuando me enfrento a fanáticos de King Crimson o Rash, ya que me molesta el excesivo acento en la técnica y el efectismo y malabarismo musical de los primeros y que a los segundos los encuentro una banda que después de los últimos años de los 70 se convirtió en un proyecto insulso, aburrido y rebuscado. Claro, entre fanáticos he recibido no pocos epítetos bastante intensos y rabiosos. De hecho, quizás espanto a unos cuantos lectores con esta confesión. Pero es parte de la hermosa controversia y discusión que trae el más hermoso de los legados humanos construidos con la voz, las manos, pies, la mente y el corazón. La Música.
            Este ejercicio lector no tiene ninguna pretensión de rigurosidad, ni de clasificar, sobrevalorar ni subestimar algún registro musical. Por el contrario, reconozco en el la mayor de las subjetividades. No hay un criterio para la selección de discos más que mi propia experiencia musical y mi gusto. Discos que me han marcado, me han inspirados, que ralle la papa, que me llevan a un lugar de mi vida, que tienen algún valor sentimental. Algunos los tengo aún en algún formato, otros se han perdido, otros se han recuperado. Algunos nunca los tuve y solo los desgasté en el periodo que estuvieron en mis manos sin alcanzar a hacer una copia. Van desde el rock en varias de sus vertientes, el jazz, el blues, el canto nuevo o el folklore, o la música clásica (aunque en estricto rigor, todos ya son clásicos). Están entre ellos discos mundialmente conocidos hasta registros de mis tierras provincianas.
            Constituyen pues parte de mi banda sonora, no están todos, faltan muchos, son simplemente los que alcancé a meter en un libro, ni siquiera sé cuántos serán, quizás los que estime conveniente cuando decida terminar este libro. Quizás este disco no busca un público, sino la expresión personal de un melómano empedernido e imperfecto músico. Cada disco muestra un contexto, un momento en la vida humana, en un país, en una ciudad en su gente. Una expresión creativa para la posteridad.

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